Wednesday, April 24, 2013

LA CARPA DE LOS NIÑOS PERDIDOS

El segundo en llegar de la mano de un carabinero fue Gustavo. Yo había llegado media hora antes, después de que a mi madrina le habían tirado chaya en los ojos y me había soltado de la mano, comencé a caminar con la horda de gente hasta que un grupo de monjas se me acercó y me llevó hasta la carpa. Al principio me pareció que era muy grande y me senté en una esquina a llorar. Siempre me dio pena estar solo, pero esa vez no lloré de pena. Lloré de rabia porque yo no quería salir de mi casa ya que estaba viendo un episodio de He-Man. Mi madrina insistió que íbamos a ver unos barcos preciosos e iluminados en el río pero para mi era mucho más importante ver el capítulo en que Grayskull estaba siendo invadido. Hacía mucho calor, tenía hambre y sed. Por eso me alegré cuando vi entrar a Gustavo y me sequé las lagrimas. Se acercó inmediatamente a mi. Le pregunté cuantos años tenía y con los dedos me indicó 4. Yo tenía 6. El traía un algodón de azúcar en su mano derecha. Recuerdo que sentí mucha envidia y unas ganas inmensas de quitárselo, pero el fue muy cariñoso y me lo ofreció espontáneamente. Me acuerdo que abrió sus inmensos ojos y me contó que había visto un barco lleno de piratas. Se atropellaba con las palabras y trataba de transmitirme toda la emoción que había sentido. Le dije que jugáramos a la escondida pero a el le dio miedo y se puso a hacer pucheros. Finalmente jugamos al cachipún. Después de mucho rato le pregunté como se llamaba y me contestó: “GUSTAGO”. Asumí que se llamaba Gustavo y que aún no aprendía a pronunciar bien su nombre. El andaba con short y polera y yo con una jardinera amarilla. Me contó que su papá cantaba una canción sobre una luna que se bañaba pilucha en el río. A mi me dio mucha risa y le dije que era un mentiroso porque la luna estaba en el cielo y que era imposible que se bañara en el río. El se encogió de hombros y sacó unas bolitas de colores de sus bolsillos y empezamos a jugar. Estábamos en eso cuando aparecieron unas señoras de la Cruz Roja con una niña en los brazos. Tenía una gran herida en su rodilla, pero no lloraba. Las señoras la curaron con un frasco de alcohol y le pusieron un parche. Se acercaron a nosotros, nos hicieron cariño en la cabeza y salieron de la carpa. La niña tenía zapatos de charol y un vestido de color celeste, pero no hablaba. Hoy puedo decir que tenía claros rasgos de autismo. Sólo se dedicaba a pasear de extremo a extremo dentro de la carpa. Gustavo se acercó a ella y le mostró las bolitas de colores. Ella no se inmutó. Siguió en su frenético paseo durante mucho rato hasta que entró un perro de color gris dentro de la carpa. Nos olfateó uno a uno, ella se quedó estática. Gustavo me miró muy contento y dijo: ¡Un Guau!, para luego acercarse y empezar a acariciarlo. Le acercó un puñado de bolitas al hocico, el perro las lamió, tomó un par con su hocico y salió corriendo de la carpa. Gustavo se puso a reír a carcajadas. Yo creo que de nervios. La niña en tanto, retomó su paseo. Paso alrededor de 1 hora y entraron 2 payasos. Uno adulto y otro niño, como nosotros. El adulto estaba frenético y empezó a buscar cosas de valor. Claramente no había demasiado que robar en la carpa. El payaso niño, en tanto, se acercó a cada uno de nosotros y nos revisó los bolsillos. Yo tenía un chicle y un par de monedas que me había dado mi madrina para comprar chayas en el bolsillo de mi jardinera. A Gustavo le quitó las bolitas que le quedaban y a la niña, el payaso adulto le sacó sus zapatos de charol. Con su movimiento pasó a botar una vela sobre la niña, lo que provocó que su vestido se empezara a incendiar. Tras eso tomó al niño payaso en brazos y salió corriendo del lugar. La niña siguió su paseo sin inmutarse o manifestar algún tipo de emoción. Gustavo se puso más nervioso y solamente atinó a tomar el frasco de alcohol con que las señoras de la Cruz Roja habían curado la herida de la niña y se lo lanzó al vestido, lo que aumentó la combustión. La vimos arder sin que ella lanzara un solo grito. Han pasado más de 20 años y nunca he podido olvidar el olor a carne humana quemada

1 comment:

Karina Bonvallet said...

Perrín, me imagino esta historia en tu cabeza mientras observas a la gente en la noche valdiviana, y mientras estás acachao de pega tratando de hacer q todo funcione. Obviamente el final tenía q ser así, de otra forma no sería tuya la historia. Saludos viejo! Sigue escribiendo!